-->

lunes, 28 de marzo de 2011

"Una comida desabrida": Victor Hugo Morales

"Demasiada franela para esa opacidad final.
Un toqueteo infernal pero sin ir a los bifes, dirían en el barrio. Mucha bulla, una gran pinta, flor de bailarín, unas pilchas que ni te cuento, pero a la hora de la verdad, se va a baraja. Acompaña hasta la puerta y ahí se vuelve"
.


"Llega al área con una gracia que cautiva muchas veces, pero luego da la sensación de apichonarse, de no saber qué hacer con tanto como tiene. La selección argentina pone en aprietos al periodismo deportivo. Si le das con un caño, te podés comer un baile de aquellos. Si temés a que se inspire y te quedás corto en la crítica porque corrés el riego de quedar en offside y parecer contrera, tenés que elogiar ese híbrido de equipo que te encanta 20 minutos, pero al rato los querés matar.

Puede ser una fiesta o el equipo más aburrido del mundo, después de España, claro, al que justamente se quiere imitar por aquello de que los que ganan siempre tienen razón. Si se le quita a Messi (Messi para tirar paredes, Messi para dártela servida, Messi para distraer las marcas, Messi para juntar a cinco y abrir defensas) la selección parece demasiado poco.

Mientras las pilas del Mesías están cargadas, se puede gozar y ganar como en el primer tiempo. Pero si se calla el cantor, calla la vida.

Si se apaga Lionel, como en la zamba de Balderrama, dónde vamos a parar, es la pregunta. Todos, mientras Messi está en 220, parecen mejores. Como Diego en otra época, Lionel los hace más importantes a sus compañeros. Pero cuando por razones muy atendibles, el barcelonés cede en su esfuerzo, desnuda pobrezas no imaginadas de jugadores consagrados en buenos equipos internacionales. Debe decirse que, al margen de esa consideración respecto a la dependencia de Messi, aun cuando el equipo se pone todos los oros y su brillo técnico hace indisimulable el entusiasmo de los relatores, el franeleo también es insufrible. No se puede jugar entre áreas. El arco está ahí y poner el acento en el toque repetido hace necesario que para meter un gol sea necesario entrar con pelota y todo en el arco rival. Un modesto equipo del segundo o tercer escalón del fútbol mundial como los EEUU pudo ganar un partido que en las tarjetas de los jurados tenía cien puntos de ventaja para los albicelestes. Es un boxeador que hace cintura, camina bien el ring, toca con el jab con gran estilo, pero no te cruza nunca una buena derecha. Así que al rival lo tenés vivo, y si Agudelo hubiera estado tan preciso en la volea del 1 a 1 como atento se ofreció al rebote muy pobre que le regaló Andújar, ese boxeador que se quería ir en los primeros rounds te deja panza arriba en el medio del ring. El fútbol es algo más que tener la pelota. Es un para qué, una explicación más controversial que la simpleza de yo la tengo y por lo tanto soy mejor. Están los arcos y vale entrar como ideó Messi para el gol de Cambiasso o empujarla como Agudelo en un rebote. No hay gracia en tenerla tanto si se la ofrece suprimiendo todos los riesgos. La pelota para el costado y para atrás, siempre, es tan antifútbol como darle de punta y para arriba, aunque haya en la estética y la geometría del toque algo más encantador. Cuando la virtud es vicio el aplauso se resiste como ante un cantante que lo tiene todo pero no rompe la membrana de la indiferencia. La Argentina sale siempre de la misma manera y debe jugar siempre contra diez al cruzar la linea central. No puede ser. No es al menos lo más aconsejable. Ahí empieza el circuito del bostezo. Y lo peor es que no hay nada nuevo en esta historia. Lo que hizo España en Sudáfrica lo había adelantado la selección de Pekerman en Alemania. El gol a los serbios será por siempre insuperable. No obstante, el precio que se paga ya se sabe es muy alto, si la única propuesta es esa. Es cómodo. Jugadores técnicamente bien dotados tienen la pelota el tiempo que quieren. Sin embargo no es un gran espectáculo la monotonía, el perpetuo retorno al propio campo. La virtud puede ser un vicio y Argentina cae en eso. Deslumbrado el “Checho” por España, piensa que con decirles a los jugadores la pelota es nuestra, etc, la ecuación está resuelta. ¿Dónde hay un desborde? ¿Cuándo Zanetti, Rojo, Lavezzi o Di María intentan ir hasta la línea de fondo? El “Pocho” se va en diagonal, Di María engancha. Rojo y Zanetti se vuelven, siempre se vuelven hacia Milito y Burdisso, y dale para el otro lado. En cada salida, todos los rivales pasan detrás de la línea de la pelota y los albicelestes se condenan a jugar contra diez cada vez que cruzan hacia el campo adversario. En fin. Los jugadores están, siempre están. La idea no es mala, pero es una comida sin sal y pimienta, desabrida. Tampoco es cuestión de empecinarse en darle palos al equipo. Lo que se dice, se dice a partir de méritos incompletos, no de defectos insolubles. Más desborde y osadía, más ritmo, salidas más rápidas para jugar contra seis o siete alguna vez y no contra el cuadro completo de los rivales. Que alguien más que Messi asuma la verticalidad, sin la cual no hay espectador que aguante".

Publicado en Jornadaonline